domingo, 10 de mayo de 2009

Respetado por las langostas

Pasé la niñez en mi pueblo natal, Larroque, perteneciente a la querida Pcia. de Entre Ríos. Era pueblo mas que nada de agricultores y hacendados. Tanto los unos como los otros necesitaban del verde de sus campos que periódicamente se veían acosados por mangas de langostas. Los lugareños hablaban de siete años de buenas cosechas seguidos de otros siete de desastres producidos por la acción deso­ladora de las langostas.
Yo las recuerdo llegar al pueblo por la ancha avenida al fren­te de mi casa. Formaban una nube inmensa oscura, a ras de tierra, que venía acercándose. Eran mangas formadas por millones de insectos marrones, con alas y unas patas larguísimas como cremalleras. Se po­saban en todo lo verde que quedaba tapizado de marrón y luego se­guían su viaje arrasando con todas las plantas y hojas de arboles. Los pobres agricultores en minutos veían como desaparecían sus plan­tas de trigo, lino o cualquier otro cultivo necesario para obtener sus cosechas de granos con los cuales solventaban los gastos de toda la familia. Cada llegada de langostas era una tragedia. No se sabía ni de donde salían ni adonde iban. Pero sí vi un año en donde la plaga fue tan avasalladora que hasta agricultores fuertes se anotaron en la Municipalidad (entonces Junta de Fomento) como matalangostas para terminar con el problema. Les ponían barreras de zinc en el camino de las mangas y cuando éstas quedaban atrapadas las fumigaban y quemaban.
Cerca de uno de las tapiales de casa, que lindaba con la casa vecina había un duraznero que daba frutos inmensos del tamaño de los que se vendían en almíbar, enlatados; tan comunes como postres en aquellos tiempos. Al lado de ese duraznero que yo tanto quería porque me podía elegir duraznos para comer al pié del árbol, había crecido un paraíso que se desarrolla tan rápido que en poco tiem­po hacía mas sombra que el duraznero por lo cual mi madre lo dejó crecer. Pero cuando el paraíso creció, casi pegado al duraznero algo debió pasar porque los duraznos fueron incomibles, tenían gusto a paraíso.
A pesar de mis pocos años de vida puse empeño en que sacaran el paraíso. Fue inútil, a mis familiares les interesaba mas la som­bra del paraíso. La fruta en esa época y región era baratísima, las compraban por bolsas o por cientos en las chacras de Gualeguay o Gualeguaychú, que son ciudades vecinas.
En mi mente infantil consideraba que el paraíso había envene­nado al duraznero y cada vez que en algún lugar veía un árbol seco o que estaba muriendo, pensaba ¡Por qué ese y no el paraíso que en­venena el duraznero de casa!
Un día que llegaban las langostas y vimos la manga aproximán­dose nos ordenaron ¡Gurises, adentro, que viene la langosta! Y nos llevaron a los chicos dentro de la casa. Las langostas invadieron todo. A través de los vidrios veíamos todo marrón, tapizado de lan­gostas.
Al día siguiente, cuando nos dejaron salir estaban todas las plantas y árboles pelados, no habían dejado una sola hoja para ver, excepto el paraíso que estaba intacto. Mi indignación no tenía lí­mites ¡Justo el árbol que quería que se comieran, fue el que quedó intacto! Ni las langostas lo quisieron. Pero a mí no solo me indig­nó el hecho, sino que me llamó la atención. Y me fui al negocio don­de estaba mi papá dialogando con un amigo. Al verme me preguntó ¿Qué haces aquí hijita? Qué pasa?
-Papá, las langostas respetaron el pa­raíso que yo quería que se secara, y al otro, grandote, también.
-Y por qué querías que se secara el paraíso?
-Porque envenenó al duraznero.
-Y cómo sabes que lo envenenó?
-Porque ya no puedo comer la fruta, tiene gusto a paraíso.
El amigo de papá dijo: ¡Qué observadora que es la nena! En ca­sa tampoco pelaron los paraísos, fueron los únicos que se salvaron, debe ser veneno para las langostas también, la naturaleza es sabia.
Y allí escuché a mi papá que contaba: Y pensar que a los paraí­sos, eucaliptus y gorriones que tanto abundan acá los importó Sar­miento. Habrá sabido que a la sombra de los paraísos no la quitan ni las langostas?
El amigo de papá dijo: yo lo conocía por árbol santo o laurel griego mi señora lo llama "lila de las Indias", porque cuando están cubiertos de flores se los vé de ese color. Mis chicos hacen colla­res para jugar con el centro de las flores. A mí me gusta el olor a paraíso, es el olor de mi casa, tengo muchos en mi patio mi placer mas grande es tomar mate a la sombra de los paraísos. Si hasta a veces pongo un catre bajo los paraísos para dormir la siesta, allí tengo sombra y aire puro.
Bueno hija, viste, las langostas respetaron los paraísos y es una suerte, eso quiere decir que las vacas no se quedaron sin sombra porque en esta zona es el árbol que mas abunda. Ahora andá con tu mamá que debe estar buscándote.
Al año siguiente el duraznero se había secado. Entonces sí, lo sacaron y yo ya había aprendido a gozar de la sombra del paraíso y a hacer collares también. Si después de todo era un árbol extra­ordinario ¡Había sido respetado por las langostas!

De mi colección "Mis cuentos que son anécdotas"

viernes, 1 de mayo de 2009

Eran grandes medallones

Pasó en el Norte de Brasil, en plena selva amazónica, donde los caboclos hablan una lengua mezcla de portugués con vocablos indígenas por lo que a veces no estaba segura de comprenderlos. Ibamos a un cam­pamento construido por el ejercito cuando hacían la carretera transamazónica, que nos habían cedido para realizar los estudios epidemio­lógicos de una enfermedad hemorragica aparecida en Altamira y alrede­dores.
El equipo que me acompañaba estaba constituido por un grupo de brasileños entre los que se encontraban un entomólogo, un ornitólogo, un zoólogo y un cocinero que salieron el día anterior al de mi parti­da, seguramente para hacer habitable los tinglados y contratar a un cazador de la zona para que nos proveyera de carne para nuestra ali­mentación durante la estadía.
Salimos de Belén, de Pará, estado del norte brasileño en un taxi aéreo conjuntamente con un contraparte local durante mi consultoría, que era una epidemióloga brasileña, y volamos desde allí hasta Altamira, pasamos la noche en el hospital local.
Al otro día vinieron a buscarnos en un jeep, subimos mi contra­parte, una técnica y yo, que junto con el chofer compartíamos un largo viaje a través de la carretera polvorienta que habían abierto a tra­vés de la selva. Estoy hablando de los primeros años de la decada de 1970. Ibamos hacia el campamento de investigaciones epidemiológicas donde planeábamos estar una semana buscando artrópodos y pequeños animales que pudieran portar el agente causal de la enfermedad.
Mientras viajábamos en jeep me contaron que había que bañarse en un río lleno de lampalaguas y que por sanitarios tendríamos un pequeño pozo circundado con troncos que estaba alejado de los tingla­dos. Para ir había que hacerse acompañar con un soldado de escolta (el ejército nos había provisto de dos o tres) pues había muchas ví­boras y una onza cebada pues ya se había comido uno de los soldados hacía unas dos semanas. Yo me reía, pues creí que me estaban cargando, y además dije que no me preocupaba pues no pensaba bañarme en el río. Pregunté que son las lampalaguas que decían que allí abundan: me con­testaron que son grandes serpientes que hay en esa región amazónica que son capaces de enrollarse rápidamente en un humano o un animal grande y lo aprietan hasta matarlo, son en realidad boas constrictoras.
Gioberta, mi contraparte, me aclaró que aunque no quisiera me iba a tener que bañar en ese río pues no había otra forma de higienizar­se y que llegaríamos tapizados de polvillo, pero que no tuviera miedo pues ella me iba a acompañar y además estaría la custodia, que eran dos soldados, cuidándonos.
Mientras tanto continuábamos nuestra ruta el jeep levantaba un polvillo rojo que nos asfixiaba y yo me limitaba a escuchar los comen­tarios que los brasileños hacían entre ellos: que los taxis aéreos tenían prohibido volar después de las 16 hs. pues si caían en la sel­va ya no tenían tiempo de encontrarlos; fue por acá que las excavado­ras sepultaron vivos a una mujer y los chicos que iban en un carro. Cuando se percataron del accidente decidieron dejar todo ahí porque hasta que los pudieran desenterrar iban a estar muertos por asfixia. Entonces pregunté ¿Y los caballos? Al igual que los humanos también quedaron bajo toneladas de tierra, fue por acá.
A medida que pasaba el tiempo vi como mis acompañantes se iban convirtiendo en esculturas de terracota. Es que ese polvo rojo del ca­mino se pegaba en la piel transpirada por el calor, y en las ropas, de manera que a poco de andar les blanqueban los dientes cuando reían y también las escleróticas de sus ojos abiertos. Me di cuenta que yo también tenía que estar así y la distancia era de tres o cuatro horas. Me empecé a inquietar, la sensación de la piel así tapizada, que ya no puede perspirar da una sensación muy desagradable, de asfixia, es so­focante. Gioberta me dijo: vas a ver que cuando lleguemos no te van a importar las víboras y te vas a bañar en el río, porque no hay elec­ción, o dejas respirar la piel o te morís.
Fue cierto, ni bien llegamos fuimos desesperadas al río a bañar­nos, con dos soldados armados de escolta. No lo pude creer, parecía un criadero de víboras gigantes. Un soldado disparó con su fusil y nos hizo un claro para que nos bañemos Gioberta y yo. Nunca me bañé tan
rápido ni con tanta desesperación, a dos o tres metros a la redonda ya estaban las víboras arrolladas algunas, extendidas otras, cuan lar­gas eran. Gioberta me dijo que me apurara y no mirara, que quienes mi­ran y cuidan que no nos ataquen son los custodios que saben hacer su oficio. ¡Oh, Dios, creo que nunca me vi en una situación peor! Era todo cierto, hasta lo del retrete.
Ni bien terminamos de bañarnos nos acompañaron al tinglado que tendríamos como vivienda, estaríamos una semana y para cada uno había una hamaca paraguaya o coy para dormir, cada cual con su mosquitero. La escolta se tenía que turnar para dormir pues debían hacer guardia nocturna culpa de la onza cebada que merodeaba el campamento. General­mente quedaban siempre dos hombres despiertos, siempre un técnico acom­pañaba a un escolta porque el peligro era real.
Para alimentarnos habían llevado fideos, arroz, porotos y todas aquellas cosas que podían conservarse a temperatura ambiente. No te­níamos heladera y con el calor de la zona era necesario procurar la carne día por día.
En esa selva tupida con arboles gigantes y lianas cazar no es tarea fácil. Mirando desde el suelo, de los árboles solo se ve parte de sus troncos tapizados de lianas y mirando hacia arriba sus copas se ven como un cielo enverdecido, confundiéndose con él.
Uno de los tinglados correspondía a la cocina, allí estaban los productos que custodiaban a temperatura ambiente, las cacerolas y pa­rrillas, vasijas con agua hervida que se sacaba del río y permanente­mente fuego encendido con leños que recolectaban en la zona.
Un día nos encontrábamos comiendo sentados alrededor de una me­sa en el tinglado y viene el cazador a decirme algo. Yo, que estaba en­tretenida en comer ese guiso de arroz y grandes medallones con salsa de tomates creí no comprender lo que me decía. Le pregunté a Gioberta ¿Quién es este hombre armado? Y me dice: el cazador. Le entendí que me pide disculpas porque hoy no tuvo suerte, mató un pájaro pero se le cayó en la selva y no ha podido traer carne a nuestra mesa.
-Sí, entendió bien, eso dijo.
Pero yo estoy comiendo carne, por eso no entiendo.
-Pero a esa carne no la trajo él, sino el cocinero. Es una lampa­lagua que mató porque se le metió en el tinglado. Mira la columna, allí
enfrente, la del medio, del tinglado donde está el cocinero, ha puesto el cuero a secar.
Miré el cuero extendido, luego la forma y tamaño de los medallo­nes que estaba comiendo, exquisitos a mi gusto, bien aderezados y com­prendí todo ¡Estaba comiendo víbora! Sentí como si se me hubiera ce­rrado la boca del estómago. Un estado nauseoso me invadió y por razo­nes psicológicas que no sé explicar no volví a comer mas que galletitas en los días que restaron de mi estadía en ese campamento.
Cuando regresé a Belén conté a uno de mis amigos brasileños lo que me había pasado. El también era médico y hacía investigaciones. Me dijo: yo tuve una experiencia peor. Cuando vino un americano a pro­bar la vacuna contra sarampión en una tribu autóctona de la región tuve que acompañarlo. Fuimos a un lugar donde hacía un tiempo había ido un misionero a enseñar a cocinar los alimentos. Los indios hacían fuego, colocaban una olla y metían un mono entero con tripas y todo a cocinar. La olla resultaba chica y por la parte de arriba asomaban la cabecita y las manos del mono en posición suplicante. Parecía un niño pequeño implorando. Estuve una semana y durante todo ese tiempo lo único que pude comer fueron bananas y cuando llegué no podía ni ver las bananas, hasta que por suerte superé el problema.
Me quedé pensando ¡Qué complicada es nuestra mente! Si después de todo eran grandes medallones con gusto a guiso. Por qué me afectó tanto? Si hubiera cambiado la imagen mental que formé y pensado, por ejemplo en las hermosas arenas rosas del Tapajoz, afluente del Amazonas, que también tuve oportunidad de ver en ese viaje, quizás no hubie­ra reaccionado así. Hoy las serpientes son exquisiteses exóticas de restaurantes caros.

Publicado en Antología SADE Delta Bonaerense: "Nosotros y nuestros invitados". Págs 95-100. Septiembre del 2001.

viernes, 24 de abril de 2009

De la colección: Mis cuentos que son anécdotas (inéditos)


Y... habría que legislar

Sería el año 1956, más o menos. Me encontraba de practicante en el entonces único hospital de niños de Buenos Aires que hace años lleva el nombre "Ri­cardo Gutiérrez", en homenaje al querido médico-poeta.
Como estudiantes de Medicina en formación, hacía­mos guardias bajo la responsabilidad del médico in­terno de turno. Eran guardias de 24 horas, una por semana, que nos dejaban extenuados. Las diarreas en verano y neumopatías en invierno, sufridas especialmente por lactantes, constituían consultas permanentes, tanto de día como de no­che. La madre con su bebé, acompañada o no de otro familiar, generalmente llegaba integrando un grupo que bajaba del tranvía que pasaba bordeando parte del hospital. Otros pocos bajaban de un colectivo. Pero los grupos que llegaban tenían frecuencia sufi­ciente como para mantenernos ocupados a pesar de haber mayor, menor, ayudante y externo, amén de unos pocos perros, como se denominaban los agre­gados sin cargo rentado. Claro que además debía­mos atender los llamados urgentes de las salas de internados en una época en que el hospital tenía como 800 camas. Es evidente que podíamos adqui­rir práctica pediátrica a un ritmo privilegiado. En una oportunidad en que me encontraba de guar­dia, siendo las 3 ó 4 de la madrugada, llega una seño­ra gorda con un chico como de cuatro años en brazos y aprovechando que estaba abierta la puerta al con­sultorio donde me encontraba, entró directamentey colocó al niño sobre la camilla ignorando la sala de espera y turno para ser atendida. La madre, con una tranquilidad que apabullaba, saca la frazada con la cual tapaba al niño y veo que el chico, pálido y rígido, no respira. Tomo pulso, no tiene. Comienzo la respiración asistida mientras interrogo, pero el
niño no reacciona. Miro a la señora y le pregunto:
—¿Usted es la mamá?
—Sí, me respondió.
—¿Cuánto tardó en llegar acá?
—Como dos horas. Además lo encontré así, no sé cuantas horas lleva sin respirar.
Dejé de querer resucitar un muerto. No respiraba, no tenía pulso, estaba rígido y totalmente insensi­ble a los estímulos y reflejos.
La mujer parecía no tener la más mínima idea de que el chico estaba muerto.
—Señora, le dije: ¿tiene usted otros hijos?
—Sí, me contestó, tengo otro, pero ese nunca me dio problemas.
—¿Y éste sí? ¿Le ha dado problemas?
—Sí, el año pasado también se quedó así como muer­to, lo internaron en un hospital de mi pueblo y al segundo día reaccionó.
—¿Qué? ¿Tuvo catalepsia?
—Sí, esa fue la palabra que dijo el médico cuando lo dio de alta. Porque cuando se despertó estaba bien, me conoció y fuimos de vuelta a casa. Era rutina en Guardia que cuando un chico estaba grave se internaba y medicaba de urgencia hasta que un médico de cabecera de la sala en la cual ingresa se hiciera cargo del paciente. Los casos leves eran medicados y mandados a la casa para que vinieran por la mañana a los consultorios externos en donde eran orientados para ser vistos por los especialistas correspondientes de acuerdo al cuadro clínico. Pero éste no era leve, ni grave. Aparentemente era cadá­ver y ni siquiera de lactante, que a veces veíamos cómo se les morían a la madres en sus brazos camino al hospital. Como no sabía qué hacer, tomé el teléfono y llamé al mayor contando lo que pasaba. Me dijo que llamara al médico interno. Este último, que acababa de acostarse después de hacer una operación de urgen­cia y estaba rendido, me dijo: pero yo estoy para cirugía de urgencia. Si Ud. no puede diferenciar la muerte de la catalepsia, yo tampoco. Sólo le digo que si cree que está muerto no se le ocurra internarlo en una sala. Llame al mayor de guardia y que decida. Sólo dije: gracias, doctor. Me dio vergüenza decirle que ya había intentado transferirle el problema al mayor y no tuve suerte.
Volví a la guardia pensando que si bien no era toda­vía mayor de la misma, tenía que aprender a asumir responsabilidad y que quizás ésta era la forma en que me la ofrecía el destino. Necesitaba pensar para encontrar una salida ética.
Si internaba un muerto en sala, sin duda me expul­sarían del hospital, para colmo era la única practi­cante mujer en ese entonces. Tampoco podía mandar a la madre a su casa con el chico. Le ofrecí una silla junto a la camilla donde estaba el niño y le dije que se quedara observándolo a ver si se movía, hasta que yo volviera.
Y me fui a un corredor del jardín, tratando de poner mis pensamientos en orden. Estaba sola con mi pro­blema, que era: cómo distinguir la muerte de la catalepsia. Lamenté no ser india para dejar al chico en un árbol hasta que se recupere o empiece a dar mal olor; el tiempo iba a dar su respuesta. Pero esas cosas ya no se podían hacer en un país civilizado. Sólo pedí a Dios que me ilumine. En eso llega un enviado del Cielo: vestido de traje de etiqueta negro, canturreando, con un folleto en la mano, alto, rubio, elegante y caminando pausada­mente. ¡Zas! Es el Dr. Becú, este bohemio viene del Colón o de alguna fiesta a su departamento de Ana­tomía Patológica, no ha ido a dormir ni se ha cambiado. Lo alcancé:
—Buenos días, Dr. Becú. ¡Usted es un enviado del cielo! Tengo un niño sin signos vitales y con antece­dente de catalepsia, ¡se lo mando a Anatomía Pato­lógica!
—No, por favor, doctora, que si lo agarra el gallego lo corta. Yo le haría un fondo de ojos previa inyec­ción de fluoresceína, pero no tengo los elementos, dijo el Dr. Becú.
—Entonces dígame qué hago. El caso es así: le di todos los detalles.
Respondió:
—Yo me comunicaría con la morgue judicial, expli­cando el caso por escrito, que quede bien claro que acá llegó así y que tiene antecedente de catalepsia y por eso se envía. Ellos tienen que tener o conseguir los elementos para hacerlo y además nos cubriría­mos legalmente.
—Gracias, doctor, ya mismo hago la nota y llamo por teléfono.
Lo hice y tuve suerte, vino la ambulancia de la morgue judicial a buscarlo y lo mandé con la carta aclaratoria y con la mamá de acompañante, recomendándole que no dejara al niño ni un solo momento, (porque yo tenía miedo que lo recibiera alguien que no leyera previamente la carta).
Cuando terminé la guardia tuve que ir a clase, pero a la salida llamé a la morgue judicial: quería saber qué pasó con el chico. No daban informes por teléfono. Me fui hasta la morgue: estaba cerrada. Al día siguiente, el encargado que me atendió dijo no saber nada. Claro, yo iba como curiosa. Estaba perdiendo el tiempo, nunca me lo dirían. El impacto de este hecho fue tan intenso que lo recordaré mientras viva. Hoy, sin tener que atender niños de urgencia sino como persona formada en los problemas que hacen a la salud y el bienestar de la gente, me pregunto: ¿no tendría que haber una ley que obligue a saber sí el individuo está realmente muerto antes de otorgar el certificado de defunción? A mi paciente, si es que se salvó, lo hizo porque ya tenía antecedentes de catalepsia. ¿Y cuando alguien hace su primer ata­que? Mi tía Anita contaba que uno de mis bisabuelos se salvó porque en Suiza los muertos se velan tres días. En el segundo día salió del ataúd con su morta­ja sorprendiendo a los deudos que casi mueren de susto y después de eso vivió varios años más sin nin­gún problema, a menos que en un segundo ataque no hubiera reaccionado antes del tercer día. ¿Por qué me angustió tanto este caso que aún hoy lo recuerdo? Si todos los hechos tienen un porqué y la emoción recibida fue tan intensa, pienso que en ella había un mensaje a descifrar. Hoy que veo las cosas más claras pienso que el mensaje fue: Y... habría que legislar de manera que no sea posible enterrar a al­guien aparentemente muerto: sea prueba de fluoresceína u otra técnica, o esa tan sencilla como la usada por los indios.

Publicado en la Revista Argentina de Pediatría, año XVI nº 3, septiembre de 1995.

viernes, 10 de abril de 2009

Poesía y su influencia social

La poesía es música en palabras recibidas por el poeta cuando está inspirado. Tanto la inspiración como los idiomas nacen del misterio de la vida como fenómenos humanos. El misterio es algo inaccesible a la razón y es objeto de fe.
En este Acróstico inicial muestro los integrantes del misterio:
Milagros que yo observé
Inspiración que sentí
Sueños que nunca perdí
Tinieblas que hacen pensar
Energías que se dan
Revelación recibida
Idiomas que oí en mi vida
Ocurrencias que hay aquí
De la combinación de la inspiración y el idioma surge la poe­sía. La inspiración da el contenido y el idioma el embalaje repre­sentado por música en palabras. Vamos a analizar a ambos componen­tes por separado.
Inspiración: es un estado del alma sometida a la influencia de una fuerza sobrenatural que actúa sobre el artista (pintor, escul­tor, arquitecto, músico o escritor). Es decir, es una fuerza creativa que no es exclusiva de los escritores sino de los creadores que transmiten belleza a través de esa fuerza misteriosa que viene del mas allá. En el caso del músico esa fuerza viene en sonidos que también impactarán al alma produciendo sentimientos de ale­gría, tristeza, excitación, somnolencia, etc.
En el caso particular del poeta esa música se recibe en versos que además de producir todos los sentimientos que puede despertar la música tiene toda la información y conocimientos con detalles
que puede dar un buen escritor inspirado en prosa, esto es un pro­feta que anuncia la palabra divina o el futuro por inspiración sobrenatural.
La música, que solo despierta sentimientos no nos da informacio­nes exactas pero la música es universal y repercute en todos los seres humanos y hasta en los animales, muchos de los cuales tienen sus propios lenguajes y hasta su propia música, como trinos y gor­jeos de algunos pájaros. La poesía es musical pero se recibe en palabras del idioma que habla el poeta; es decir, a mayor informa­ción, restringe al sector informado.
Idiomas: son un misterio
Los idiomas son indispensables para la vida humana. El hombre se conoce a través de lo que dice o escribe. La idea de Dios ha influido siempre en el lenguaje. En griego dosis significa "don" y todo idioma tiene una dosis de poesía. Los intentos por llegar a Dios con la pirámide de titanes o con el relato bíblico de la torre de Babel terminaron con castigos consistentes en confusión de lenguas.
En la actualidad reconocemos la existencia de mas de 6.000 len­guas muchas de las cuales van desapareciendo.
Ya se han podido rastrear 11.000 años en la historia de la humanidad y en estos 110 siglos el castellano surgió como lengua recientemente. La primera gramática castellana apareció en el año que se descubrió América, 1492, la escribió Antonio de Nebrija. Es decir que la fijación de normas gramaticales en nuestro idioma nació con América donde el idioma se enriqueció en boca de los conquistadores tomando nombres indígenas de las lenguas locales para nombrar todas las novedades que encontraron.
La fuerza y propiedades de las palabras es por todos conocida: es el arma de la Creación. Dios hizo al mundo con la palabra. La pala­bra puede quedar grabada en cada mente que la escucha, en cada pa­pel o soporte que la estampa sin perder su fuerza o contenido sino multiplicándose, es ubicua y se queda estampada por donde pasa o la dejamos.
Con una poesía se puede comunicar lo mismo que con una prosa pero a diferencia de esta última la poesía tiene musicalidad, es música en palabras cuando se la recita, leerla con la vista es co­nocer su partitura y contenido. Recitarla es apreciar su cadencia, ritmo, rima y armonía que surje naturalmente del poema y correspon­de a la lengua en la cual se expresa.
Grandes poetas como William Shakespeare (1564-1616) en inglés o Johan Wolfgang von Goete (1749-1832) en alemán son apreciados por nosotros como grandes escritores o dramaturgos ya que sus poemas traducidos pierden la magia de la poesía. Habría que entender su idioma original para apreciarlos. Es por eso que aprender un idio­ma es ponerle receptores al alma.
El castellano, o español, como lo estableció la Real Academia de la Lengua en 1925, se expandió desde el Sur de USA hasta Tierra del Fuego reemplazando a mas de mil lenguas tribales halladas en las Américas. Hay 300 millones de individuos en la actualidad que reco­nocen al español como lengua madre de los cuales 20 millones co­rresponden a América del Norte. Nuestros poemas constituyen parte de la dosis poética de la lengua castellana o española.
Personalmente creo que el poeta guiado por inspiración deja men­sajes importantes para el mundo en que vivimos: en este caso la poe­sía es como una ligazón de nuestro ecosistema o realidad, con el misterio, así como lo hace la religión a través de las revelaciones. La poesía nace del misterio y nos lleva hacia él, inclinándonos a la reflexión, a la meditación para entender ese mismo misterio in­crementando nuestra capacidad de pensar y haciéndonos mas humanos, mas sensibles, mas perceptivos y comprensivos, es decir, mejores per­sonas cultivando nuestro espíritu porque nos abre la mente.
La poesía tiene la habilidad de embellecer el idioma transfor­mándolo en una obra de arte: el poema. Cada poeta, como el artista tiene su estilo que lo identifica, porque el estilo conlleva la per­sonalidad del individuo.
Influencia: Pensamientos traducidos en palabras musicales surgi­das misteriosamente del mundo cósmico, constituyen la expresión mas sublime de las actividades humanas e influyen de tal manera en las personas que muchos sienten el deseo de producir este tipo de obras. Surgen así los hacedores de poesía en donde se sustituye la Inspiración por el deseo de expresar algún pensamiento personal, que se­rá el objetivo y jugará con palabras buscando una cadencia rítmi­ca, es decir, ya no es un poeta natural o agraciado que escribe al dictado de la inspiración sino un artista esforzado para obtener belleza en la expresión. Si son habilidosos en hacer el embalaje podrían traducirnos inspiraciones surgidas en otros idiomas para ampliar la gama de nuestros conocimientos.
Los hechos o hallazgos naturales (perlas, antibióticos, etc.) siempre han despertado la inteligencia del hombre que tratará de imi­tar o producir aquello recibido naturalmente:hay perlas artificia­les, antibióticos sintéticos, que no por ser productos del hombre sin mensajes misteriosos son menos bellos o menos apreciados, si después de todo la misma vida y la inteligencia para desarrollarlo están también en el área del misterio.
Los poemas inspirados tienen profundidad de pensamiento, penetran hondo en el alma humana provocando reflexión, llanto, risa, ternura,
compasión, es decir emociona o altera el alma. Esta emoción despertada se graba en forma indeleble en la memoria.
Las palabras son tan poderosas que de acuerdo a lo que signifi­quen en sus frases u oraciones pueden sembrar paz o desorden, amor u odio, moralidad o corrupción, verdades o mentiras, etc. Si es verdade­ra poesía portando belleza pues solo siembra valores positivos.
Si bien la fijación de la palabra o escritura le da permanencia superior a la grabación en memoria de quien la aprende y la preser­va de modificaciones introducidas por transmisiones orales, es el lenguaje hablado ante un auditorio el que cuenta con entonación des­de súplica a amenaza; ademanes, gestos y silencios. Por eso necesita­mos buenos recitadores y el recitar expresivamente es otro arte re­lacionado con la poesía a la cual realza y difunde y es una activi­dad a la cual la poesía hizo nacer.
La poesía nos hará mejores incorporando en nosotros su esencia: la fuerza de las palabras para alcanzar la comprensión, la belleza de la expresión para penetrar en el arte, la musicalidad de la com­binación versal para armonizar los sonidos y además la riqueza de su contenido porque si es poesía verdadera no solo tiene belleza en la expresión sino un contenido que puede transmitir información, sentimientos, pensamientos, creencias, leyendas o hechos de las mas diver­sas cataduras. Me atrevo a decir que aprendí el sentir, pensar y ac­tuar del gaucho de nuestras pampas a través del Martín Fierro de José Hernández y también me quedé enternecida de oír cómo, a través de una poesía un hijo perdona y abraza a su padre en el momento que éste confiesa ser el autor de la muerte o asesinato de su madre: me refiero a "La leyenda del mojón" de Juan Pablo López, ya que el poe­ma le dio la comprensión del por qué y el sufrimiento y la magia de la musicalidad del poema hace que el que escucha preste toda su atención y se enternezca.
La sociedad es la suma de las individualidades, tan diversas, como diversidad de poemas existen. Siempre se encontrará un tipo de poesía que concuerde con el gusto de un individuo.
La poesía enriquece el habla que es el uso practico que el indi­viduo hace de la lengua en que se expresa, enriqueciendo el acervo cultural de la sociedad en que vive. Puede actuar de diversas formas dependiendo de cómo, cuando y a quien llegue además de la difusión que de ella pueda hacerse.
Llega al sector de la población que lee o escucha dentro de la lengua que haya aprendido. En un mundo globalizado como el de hoy, con una población mundial que ya pasó los 5.000 millones, en donde tenemos al mundo en una pantalla con la cual podemos interactuar instantáneamente con cualquier lugar del planeta a través de comunicaciones satelitales, contamos con un privilegio del cual carecie­ron los poetas que nos precedieron.
Si Dios hizo al mundo con la palabra, que es nuestra base de expresión y nos permite difundir lo que somos capaces de recibir o crear,somos los privilegiados que podemos impregnar de poesía al mundo para enriquecerlo psíquica y culturalmente, como individuos y como sociedades en donde podemos sembrar paz, amor, comprensión y sabiduría. Quitaremos así las angustias y temores que nos produce el mismo misterio de la vida que nos está ofreciendo la llave de la felicidad para comprendernos, conocernos y hermanarnos. Si no ¿Qué son estos encuentros de poetas? La misteriosa fuerza de la poesía hoy nos ha reunido en "Ronda literaria" aquí, en la Sociedad Argen­tina de Escritores.
*Parte del texto fue publicado en la revista "Ronda Literaria" nº 40, agosto del 2005 págs 9-11.

Introducción

Inicio este blog con el propósito de ir coleccionando todo lo que he escrito en prosa haya sido publicado o no por otros medios y poder tener así, en un lugar, todo lo redactado durante mi vida que pueda ser rescatado de mis archivos por mi misma mientras vivo. Espero que los mismos puedan ser de utilidad para colegas y/o todos aquellos interesados en saber que hacían o pensaban argentinos de mi época que nacimos antes de la era digital en la década del 30 del siglo pasado y fuimos sorprendidos por internet en el ocaso de nuestras vidas. Con amor. NEM